Mañana empezamos la semana de adaptación. El verano ha estado genial, hemos comprobado que tenemos un todo-terreno de niño. Se ha adaptado a cambios de cama, de habitación, al pueblo, al hotel de Ronda, al apartamento de Chiclana, se ha lanzado a nadar solo con manguitos, ha seguido comiendo bien, y el comportamiento, salvo algunos momentos de rabietas descontroladas, ha sido muy bueno en general para tanto cambio seguido.
Creo que yo, con seguridad, soy quien peor va a pasarlo. He estado con el tres años, muy duros, trabajando a la vez que intentando ser buena madre. Estoy segura de que la he cagado muchas veces y las que me quedan, pero siempre he intentado llegar a un objetivo: criar a un hijo feliz.
El tema de la paciencia aún hoy por hoy me queda para septiembre de nuevo. Creo que tiene mucho que ver el sentir que mi trabajo es una mierda, que el de mi marido igual, que estar siempre haciendo esfuerzos no sirve para nada...tenemos la sensación de ir siempre para atrás, como cangrejos. Eso afecta la autoestima, las ganas, el día a día...esperamos que eso cambie y que esta nueva etapa sea para bien y para todos.
Hoy se ha dormido temprano porque también se levantó muy tempranito. Mañana a las diez y media nos espera el cole. Veremos como empezamos. Yo no sé como voy a aguantar las ganas de llorar cuando le vea entrar a su clase. Es como volver a parir, pero para entregárselo a otros, no sé como explicarlo...le veo aún tan pequeño, tan indefenso y vulnerable...
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